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Recreación de una sanadora maya tratando con un taladro de mano la muela de un paciente, ambos con vestimenta tradicional, junto al titular 'El empaste maya que escondía una muela'

El empaste maya que escondía una muela: el hallazgo que reescribe la historia de la odontología

julio 31, 2026 1 comment Article Curiosidades

Durante décadas, cada vez que se hablaba de las incrustaciones dentales mayas —esas piedrecitas de jade, turquesa o pirita engastadas en los dientes— la explicación era siempre la misma: pura estética. Un símbolo de estatus, de belleza, de pertenencia a una élite. Pero un hallazgo arqueológico dado a conocer a mediados de julio de 2026 acaba de complicar esa historia tan bien contada, y lo hace desde el lugar menos esperado: una muela, escondida al fondo de la boca, donde nadie iba a verla.

Recreación de una sanadora maya tratando con un taladro de mano la muela de un paciente, ambos con vestimenta tradicional, junto al titular 'El empaste maya que escondía una muela'

Un jade que no estaba ahí para lucirse

El descubrimiento lo firma un equipo conjunto de la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY), la Universidad Francisco Marroquín y el Museo Popol Vuh de Guatemala —institución que conserva la pieza—, y ha sido publicado en la revista Journal of Archaeological Science: Reports. Lo que documentan es, hasta donde se sabe, la primera incrustación de jade maya colocada con un propósito terapéutico y no ornamental.

La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la lectura del hallazgo. Todas las incrustaciones mayas conocidas hasta ahora —y hay decenas documentadas en yacimientos de México, Guatemala, Belice y Honduras— aparecen en los dientes frontales: incisivos y caninos, los que se ven al hablar, al sonreír, al posar para la posteridad en un relieve tallado en piedra. Tenía todo el sentido: si quieres presumir de estatus social con una incrustación de piedra semipreciosa, la pones donde se note. Nadie iba a incrustar jade en una muela solo para impresionar, porque nadie la vería jamás.

Y sin embargo, ahí estaba: una muela, un diente que se usa para triturar el alimento, con una incrustación de jade en su interior. La única explicación razonable, según los investigadores, es que no se colocó para lucirla, sino para tratar algo. Una intervención dental con intención clínica, no cosmética.

Lo que sabíamos (y lo que no) sobre la odontología maya

Que los mayas manipulaban sus dientes con una habilidad técnica notable no es ninguna sorpresa para quien sigue la arqueología dental de Mesoamérica. Se sabe desde hace tiempo que perforaban el esmalte con taladros de punta de piedra —probablemente pedernal u obsidiana montados en un eje que se hacía girar a mano o con un arco— con una precisión que sigue asombrando a los odontólogos actuales. Se sabe que limaban los dientes dándoles formas geométricas concretas, cada una con un significado social distinto. Y se sabe que rellenaban esas perforaciones con jade, turquesa, pirita o hematita, fijadas probablemente con una resina o cemento natural cuya composición exacta todavía se discute.

Lo que no se había documentado, hasta este hallazgo, es que aplicaran ese mismo dominio técnico con una finalidad médica. La pieza analizada procede de un molar, un diente que no cumple ninguna función social o estética evidente, lo que obliga a plantearse una pregunta mucho más interesante que «¿por qué se decoraban los dientes los mayas?»: ¿para qué se trataban las muelas los mayas, y qué tipo de problema dental intentaban resolver con una incrustación?

Las hipótesis que manejan los investigadores apuntan en varias direcciones. Podría tratarse de un intento de sellar una cavidad —el equivalente maya, salvando las distancias, a un empaste moderno—, de reforzar un diente debilitado o fracturado, o incluso de una práctica con un componente ritual-medicinal, algo nada extraño en una cultura donde la frontera entre medicina y religión era mucho más difusa que la nuestra. Lo que sí parece claro es que, sea cual sea la explicación concreta, estamos ante evidencia de un conocimiento médico-dental maya más sofisticado del que la literatura arqueológica había documentado hasta ahora.

Una muela que obliga a mirar dos veces

Hay algo que conecta este hallazgo con muchos otros que se han ido acumulando en los últimos años sobre la historia de la odontología: cada vez que creemos tener claro «cómo se cuidaban los dientes» nuestros antepasados, aparece un hallazgo que matiza —o directamente contradice— la interpretación anterior. Se ha hablado de un molar de neandertal de hace 59.000 años con marcas de manipulación para aliviar el dolor de una caries, de empastes con sustancias similares al alquitrán en una mandíbula prehistórica de hace 6.500 años, o de un puente dental de oro de la Escocia medieval que un joyero, no un médico, fabricó hace 500 años. La imagen que va emergiendo es la de una humanidad que, mucho antes de la odontología moderna, ya buscaba respuestas prácticas a problemas dentales muy reales, con las herramientas y los materiales que tenía a mano.

Este hallazgo maya encaja en ese mismo patrón, pero añade un matiz que lo hace especialmente atractivo: el gesto de esconder la intervención en un diente que nadie iba a ver. Es, en cierto modo, el reverso exacto de lo que asociamos instintivamente a la odontología «estética» antigua. Aquí no hay ostentación. Hay, probablemente, alguien con dolor, y alguien con el conocimiento técnico para intentar aliviarlo con los recursos de su tiempo.

Una reflexión con los pies en el presente

Da qué pensar comprobar que, siglos antes de que existiera el concepto de «revisión dental», ya había manos expertas tratando de resolver un problema en una muela que dolía. Hoy no necesitamos incrustaciones de jade ni taladros de obsidiana: tenemos diagnóstico precoz, tratamientos mínimamente invasivos y, sobre todo, la posibilidad de evitar que un problema pequeño se convierta en uno grande, simplemente prestando atención a tiempo.

Y ahí es donde el hallazgo deja una lección muy actual, aunque a nadie le apetezca mirarse la boca todos los días: las muelas, precisamente por no verse, son las que más fácilmente se descuidan. Un cepillado que no llega bien hasta el fondo, una zona de difícil acceso entre piezas posteriores, una molestia que se posterga porque «ya se pasará»… son, salvando ocho siglos de distancia, la misma historia de siempre. La de un diente que no se ve, pero que igualmente hay que cuidar.

Si te interesa la arqueología dental, quizá también te guste el colgante de 6.500 años que los arqueólogos confundieron con hueso de animal o el diente que esperó diez mil años en el fondo de un arroyo.

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Tags: arqueología dental, empastes antiguos, historia de la odontología, odontología maya, salud dental

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