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Ilustración en acuarela de un bebé gateando sobre una alfombra de colores junto a su hermana sonriente, mientras cae trigo dorado y la familia celebra con globos y dulces frente a una ventana con una montaña nevada

La fiesta del primer diente de Aram

septiembre 26, 2026 0 comments Article Curiosidades

Había una vez, en una casa de piedra rosada al pie de una montaña muy alta, un bebé llamado Aram que tenía los mofletes redondos como dos albaricoques y una risa que sonaba a cascabel.

Ilustración en acuarela de un bebé gateando sobre una alfombra de colores junto a su hermana sonriente, mientras cae trigo dorado y la familia celebra con globos y dulces frente a una ventana con una montaña nevada

Aram todavía no sabía hablar. Tampoco sabía andar. Pero sí sabía hacer una cosa muy bien: morderlo todo. Mordía su sonajero, mordía la esquina de su mantita y, si se descuidaban, mordía hasta la nariz del gato, que se escapaba ofendido con la cola muy tiesa.

Su hermana mayor, Ani, que tenía seis años y lo sabía casi todo, fue la primera en descubrirlo.

—¡Mamá! ¡Papá! ¡Abuela! —gritó una mañana—. ¡A Aram le ha salido algo blanco en la boca!

Toda la familia vino corriendo. Y allí estaba, asomando en la encía de abajo, pequeñito como un granito de arroz: el primer diente de Aram.

La abuela Siranush dio una palmada de alegría.

—¡Esto hay que celebrarlo! —dijo—. Mañana haremos la fiesta del primer diente.

Una fiesta muy especial

Ani nunca había oído hablar de una fiesta así.

—¿Una fiesta por un diente? ¿Con tarta?

—Con tarta, con primos, con tíos y con un juego muy antiguo —respondió la abuela, guiñándole un ojo—. En nuestra tierra, cuando a un bebé le sale su primer diente, lo sentamos en el suelo y le ponemos delante muchos objetos. Cada uno representa un oficio. Y lo primero que coja el bebé…

—¿Qué pasa? —preguntó Ani, con los ojos como platos.

—Dicen que eso es lo que será de mayor.

Esa noche, Ani casi no pudo dormir de la emoción.

Al día siguiente, la casa se llenó de gente. Llegaron los tíos con bandejas de dulces, los primos con globos y el abuelo con su gorra de los domingos. Sentaron a Aram sobre una alfombra de colores, y Ani ayudó a colocar los objetos en fila, uno detrás de otro:

Un libro, por si quería ser maestro.

Una cuchara de madera, por si quería ser cocinero.

Un pincel, por si quería ser pintor.

Un martillo pequeñito, por si quería ser carpintero.

Unas monedas, por si quería tener una tienda.

Y un estetoscopio de juguete, por si quería ser médico.

Entonces la mamá de Aram hizo algo que Ani no esperaba: cogió un puñado de granos de trigo y los dejó caer, despacito, como una lluvia dorada, sobre la cabecita del bebé.

—¿Por qué haces eso, mamá?

—Es un deseo —le susurró—. Para que a tu hermano nunca le falte de nada, igual que al campo no le falta el trigo.

Aram se rio y se sacudió los granitos del pelo. Todos contuvieron la respiración.

¿Qué cogerá Aram?

El bebé miró el libro. Miró el pincel. Miró las monedas, que brillaban mucho.

Estiró la manita hacia el martillo… y se detuvo.

Estiró la manita hacia la cuchara… y se detuvo otra vez.

—¡Venga, Aram! —animaban los primos.

Y entonces, Aram hizo algo que nadie esperaba. Gateó por encima de todos los objetos, pasó de largo, y fue directo hacia… ¡su hermana Ani! Se agarró a su falda, levantó la cabeza y le enseñó, orgulloso, su diente nuevo con una sonrisa enorme.

Todos se echaron a reír.

—Parece que este niño —dijo el abuelo, secándose una lágrima de la risa— lo que quiere ser de mayor es igualito que su hermana.

Ani se puso colorada de felicidad. Y en ese momento decidió algo muy importante.

La promesa de Ani

Esa noche, antes de dormir, Ani se acercó a la cuna de su hermano.

—Aram —le dijo bajito—, ya que quieres ser como yo, te voy a enseñar mi secreto. Este diente tuyo es el primero, pero vendrán muchos más. Y a los dientes hay que cuidarlos como se cuida un jardín: todas las mañanas y todas las noches.

Cogió su propio cepillo, se lavó los dientes delante de él haciendo muecas divertidas, y Aram se rio tanto que le salió hipo.

La abuela, que lo miraba todo desde la puerta, sonrió.

—Ya ves, Ani. Al final Aram sí eligió bien. Eligió a quien le va a enseñar a cuidar su sonrisa.

Y desde aquella noche, cada vez que Ani se lavaba los dientes, Aram la miraba muy atento, esperando el día en que él también tuviera su propio cepillo.

Y tú, si hubieras estado sentado en esa alfombra, ¿qué habrías cogido?

Cada diente nuevo es una pequeña fiesta. Y la mejor manera de celebrarlo es cuidarlo desde el primer día, para que la sonrisa dure muchos, muchos años.

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Tags: Armenia, cuentos infantiles, dientes de leche, primer diente, tradiciones

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