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Ilustración en acuarela de un monito sonriente saltando por el cielo con los brazos extendidos hacia un gran sol naranja, sobre nubes y montañas al amanecer

El monito que quería morder el Sol

octubre 1, 2026 1 comment Article Curiosidades

Había una vez, hace muchísimo tiempo, en la India, un bebé mono que se llamaba… bueno, todavía no tenía nombre. Ahora verás por qué.

Ilustración en acuarela de un monito sonriente saltando por el cielo con los brazos extendidos hacia un gran sol naranja, sobre nubes y montañas al amanecer

Era un monito pequeño, de pelo suave y ojos brillantes, y su papá era nada menos que el Viento. Sí, el Viento: ese que mueve las hojas de los árboles, que hace volar las cometas y que a veces te despeina cuando sales a la calle.

Como era hijo del Viento, el monito era ligero como una pluma y saltaba más alto que nadie. Saltaba de rama en rama, de árbol en árbol, de montaña en montaña. ¡Hop, hop, hop!

Una fruta en el cielo

Una mañana, el monito se despertó con mucha, muchísima hambre. Le rugía la barriguita: grrrr.

Miró a su alrededor buscando algo rico para desayunar. Y entonces, por encima de las montañas, vio algo maravilloso.

Era redondo. Era naranja. Brillaba como si estuviera recién lavado.

—¡Oh! —dijo el monito, abriendo mucho los ojos—. ¡Qué fruta tan grande y tan madura! Seguro que es la más dulce del mundo.

Pero no era una fruta. Era el Sol, que estaba saliendo para empezar el día.

El monito no lo sabía, claro. Era muy pequeño y todavía estaba aprendiendo cómo eran las cosas. Así que se relamió, dobló las rodillas, tomó impulso y…

¡FIUUUUUUUM!

Pegó el salto más grande que nadie había visto jamás. Subió por encima de los árboles, por encima de las nubes, por encima de los pájaros. El viento, su papá, lo empujaba desde abajo, y el monito iba cada vez más alto, con la boca bien abierta y los dientecitos preparados para dar el primer mordisco.

¡Alto ahí, pequeñín!

Allá arriba, en el cielo, vivía Indra, el rey de las nubes y de las tormentas. Cuando vio a aquel bebé mono volando directo hacia el Sol, se llevó un susto tremendo.

—¡Ay, ay, ay! —exclamó—. ¡Si ese pequeñín se come el Sol, el mundo se quedará a oscuras! ¡Y además se va a quemar la boca!

Así que, para frenarlo, Indra le lanzó un rayito. ¡Zas! El rayito le dio justo en la mandíbula, que es el hueso de la cara donde viven los dientes. Ya sabes cuál es: tócate debajo de la boca, en la barbilla, y luego sube con los dedos hacia las orejas. ¿Lo notas, duro y fuerte? Esa es tu mandíbula.

El monito dejó de subir y bajó dando vueltas, despacito, como una hoja de otoño, hasta caer sobre una montaña blandita. Tenía la carita un poco hinchada y estaba muy sorprendido.

Un nombre muy especial

Cuando el Viento vio a su hijo, se puso tan triste que dejó de soplar. Y entonces todo se quedó quieto: no se movían las hojas, no volaban los pájaros, no navegaban los barcos.

Los dioses enseguida se dieron cuenta de que, sin el Viento, el mundo no funcionaba. Así que fueron todos juntos a ver al monito. Le curaron la carita con mucho cariño, le dieron besos en la frente y, para que se pusiera contento, le regalaron poderes maravillosos: sería fortísimo, valiente y rápido como el pensamiento.

—Y desde hoy —dijeron— te llamarás Hanumán.

¿Sabes por qué? Porque en el idioma antiguo de la India, hanu quiere decir «mandíbula». Hanumán significa algo así como «el de la mandíbula grande». ¡Su nombre le venía de su sonrisa!

El monito se miró en el agua de un río, vio su carita, sonrió de oreja a oreja… y le encantó su nombre.

Hanumán creció y se convirtió en uno de los héroes más queridos de la India. Ayudaba a sus amigos, era leal y generoso, y aún hoy muchos niños de allí escuchan sus aventuras antes de dormir, igual que tú ahora.

Ah, y aprendió una cosa muy importante: que el Sol no se come. Las frutas de verdad crecen en los árboles, y son mucho más ricas.

Y colorín, colorado…

¿Sabes qué? Tú también tienes una mandíbula fuerte, como Hanumán. Y dentro de ella viven tus dientes, que te ayudan a morder manzanas, a masticar pan y a regalar sonrisas enormes.

Por eso hay que cuidarlos como cuidaron los dioses al pequeño monito: con mucho cariño, cada mañana al despertar y cada noche antes de ir a dormir. Así, tu sonrisa brillará casi tanto como el Sol… ¡aunque a ese mejor no le des ningún mordisco!

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Tags: cuentos infantiles, Hanumán, higiene dental infantil, mandíbula, mitología de la India

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