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Ilustración en acuarela de un gran guacamayo rojo sonriente con dientes de colores sobre una rama, junto a dos niños gemelos y una pirámide maya en la selva

El guacamayo que presumía de dientes brillantes

octubre 1, 2026 0 comments Article Curiosidades

Había una vez, hace muchísimo tiempo, cuando el mundo era tan nuevo que el Sol todavía no había salido por primera vez, un pájaro enorme llamado Siete Guacamayo.

Ilustración en acuarela de un gran guacamayo rojo sonriente con dientes de colores sobre una rama, junto a dos niños gemelos y una pirámide maya en la selva

Era grande como una casa. Tenía plumas verdes y azules que brillaban como el mar, unos ojos redondos y relucientes y, sobre todo, una boca llena de dientes hechos de piedras preciosas. Cada vez que abría el pico, ¡zas!, salían destellos de colores por todas partes.

Y a Siete Guacamayo le encantaba abrir el pico.

—¡Miradme bien! —gritaba desde lo alto de su árbol—. ¡Mis dientes brillan tanto que yo soy el Sol! ¡Y cuando llega la noche, yo soy la Luna! ¡No hay nadie más espléndido que yo!

Los animales del bosque se tapaban los ojos y suspiraban. Estaban un poco cansados de tanto presumir.

Los dos hermanos valientes

En ese mismo bosque vivían dos hermanos gemelos, listos y valientes, que se llamaban Hunahpú e Ixbalanqué.

—Siete Guacamayo no es el Sol —dijo Hunahpú, mirando hacia arriba—. Solo es un pájaro que se cree más importante que nadie.

—Tiene que aprender que brillar no sirve de nada si solo lo usas para presumir —asintió Ixbalanqué.

Pero ¿cómo iban a convencer a un pájaro tan grande y tan testarudo? Pensaron y pensaron hasta que, un día, Siete Guacamayo se despertó con un dolor muy fuerte en la boca. De tanto gritar y abrir el pico, ¡le dolían los dientes!

—¡Ay, ay, ay! —se quejaba—. ¡Mis dientes preciosos! ¡Que alguien me ayude!

Entonces a los hermanos se les ocurrió una idea.

Los abuelitos sanadores

Fueron a buscar a dos abuelitos muy sabios, de pelo blanco y sonrisa tranquila, que sabían mucho de hierbas, de huesos y de dientes. Les contaron el plan, y los abuelitos soltaron una risita.

—Nos disfrazaremos de sanadores de dientes —dijo la abuela.

—Y vosotros vendréis con nosotros como si fuerais nuestros nietos —añadió el abuelo, guiñando un ojo.

Así que los cuatro caminaron hasta el gran árbol. Siete Guacamayo seguía lloriqueando.

—Buenos días, señor Guacamayo —dijo la abuela con voz dulce—. Somos sanadores de dientes. ¿Le duele algo?

—¡Muchísimo! —contestó el pájaro—. ¿Podéis curarme?

—Claro que sí —dijo el abuelo—. Pero para eso tenemos que cambiarle estos dientes que le hacen daño.

Siete Guacamayo dudó un momento. ¡Sus dientes eran lo que más quería en el mundo! Pero le dolía tanto la boca que al final abrió el pico.

Con mucho cuidado, los abuelitos le quitaron los dientes de piedras preciosas uno a uno. Y en su lugar, le pusieron… ¡granos de maíz blanco! Pequeños, redonditos y sencillos.

Una sonrisa diferente

Cuando Siete Guacamayo se miró en el agua del río, se quedó muy quieto. Ya no salían destellos de su boca. Ya no parecía el Sol, ni la Luna. Parecía, simplemente, un pájaro.

Al principio se puso muy triste. Pero entonces se dio cuenta de una cosa: ya no le dolía nada. Y los animales del bosque, que antes se escondían de sus gritos, se acercaron poco a poco a saludarle.

Poco después, en el cielo apareció por primera vez el Sol de verdad, cálido y dorado, iluminando a todos por igual. Y Siete Guacamayo comprendió que no hacía falta presumir para que le quisieran.

Desde aquel día, los hermanos y los abuelitos cuentan esta historia a todos los niños y niñas que quieren escucharla. Y siempre terminan diciendo lo mismo:

—Una sonrisa bonita no es para presumir. Es para cuidarla, para compartirla y para regalarla a los que queremos.

Así que esta noche, cuando te cepilles los dientes antes de dormir, piensa en Siete Guacamayo. Tus dientes no necesitan ser de piedras preciosas para ser un tesoro: basta con que los cuides cada día, con cariño, para que tu sonrisa brille… ¡de verdad!

Y colorín colorado, este cuento maya se ha acabado.

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Tags: cepillado nocturno, cuentos infantiles, higiene dental infantil, mitología maya, Popol Vuh

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