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Ilustración infantil de una niña maorí sonriendo junto a un Taniwha, criatura acuática amistosa con escamas verdes y dientes blancos, en un río rodeado de vegetación

El Taniwha y la niña que cuidaba el río

septiembre 16, 2026 0 comments Article Curiosidades

Había una vez, muy lejos de aquí, en una isla verde rodeada de mar, un río tan claro que se podía ver el fondo de piedritas brillando como monedas. Junto a ese río vivía una niña llamada Aroha, que cada tarde bajaba a jugar entre los juncos, a mojarse los pies y a escuchar el agua cantar entre las rocas.

Ilustración infantil de una niña maorí sonriendo junto a un Taniwha, criatura acuática amistosa con escamas verdes y dientes blancos, en un río rodeado de vegetación

Su abuela siempre le decía lo mismo antes de dejarla ir:

—Aroha, trata bien al río. Ahí vive alguien muy especial, y a los guardianes hay que quererlos y respetarlos.

—¿Un guardián, abuela? ¿Como un vigilante? —preguntaba Aroha, abriendo mucho los ojos.

—Algo así —sonreía la abuela—. Se llama Taniwha. Vive escondido en lo más hondo del agua, entre las rocas y las raíces. Dicen que es enorme, con el cuerpo largo como una serpiente y cubierto de escamas que brillan como el sol en el agua. Y cuando abre la boca para bostezar, se le ve una hilera entera de dientes afilados, como si tuviera guardadas mil agujas de coser plateadas.

A Aroha, al principio, esa boca llena de dientes le daba un poco de respeto. Pero su abuela siempre añadía, bajando la voz como quien cuenta un secreto bonito:

—No temas sus dientes, pequeña. El Taniwha no los usa para asustar a nadie. Los usa para vigilar. Es el guardián de esta agua, y cuida de ella como tú cuidas de tu muñeca favorita: con cariño, para que nadie le haga daño.

Una tarde de mucho calor, Aroha bajó al río con sus amigos. Jugaron, rieron, y cuando se cansaron, alguien tiró al agua los envoltorios de la merienda, sin pensarlo, solo por las ganas de irse corriendo a casa. Aroha se quedó mirando cómo el papel flotaba entre los juncos, ensuciando esa agua tan clara que tanto le gustaba.

Esa noche, mientras se dormía, le pareció escuchar —o quizás lo soñó— un suspiro largo que venía desde el fondo del río, como el de alguien a quien le habían hecho una pequeña tristeza.

Al día siguiente, Aroha se despertó decidida. Corrió hasta la orilla, se remangó los pantalones y, poquito a poco, fue sacando del agua cada papel, cada envoltorio, cada trocito de plástico que encontró entre las piedras. Sus amigos la vieron y, uno a uno, se fueron acercando a ayudar, hasta que el río volvió a quedar limpio y brillante como antes.

Cuando terminaron, Aroha se sentó un momento junto al agua, sin decir nada. Y entonces, por un instante —tan rápido que después no sabría si lo había visto de verdad o solo imaginado—, le pareció distinguir bajo la superficie una sombra larga que se deslizaba entre las rocas, dos ojos brillantes como piedras pulidas, y una sonrisa ancha, llena de dientes, que no daba ningún miedo. Al contrario: parecía una sonrisa de las de verdad, de esas que se sonríen de vuelta cuando alguien ha hecho algo bueno.

El agua se agitó suavemente, como una caricia, y la sombra desapareció otra vez hacia lo más profundo.

Aroha volvió corriendo a casa y le contó todo a su abuela, que la escuchó con una sonrisa tranquila, como quien ya sabía cómo terminaba esa historia.

—¿Lo ves? —le dijo—. El Taniwha no cuida el río para él solo. Lo cuida para todos los que lo quieren de verdad. Y cuando alguien lo ayuda a cuidarlo, él también sonríe.

Desde aquel día, Aroha nunca volvió a mirar el río de la misma manera. Cada tarde, antes de irse a jugar, recogía cualquier papel que encontraba por el camino, y cada noche, antes de dormir, se cepillaba los dientes despacito, pensando en esa sonrisa enorme y brillante que había visto bajo el agua.

Porque entendió que cuidar algo bonito —un río, una sonrisa, o cualquier rincón del mundo que queremos— no es una obligación aburrida: es una forma de quererlo. Y que las cosas que cuidamos con cariño, tarde o temprano, siempre encuentran la manera de sonreírnos de vuelta.

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Tags: cepillado de dientes, cuidado del río, higiene dental infantil, leyendas infantiles, mitología maorí

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