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Niño sonriente mirando en un museo la reconstrucción de un pez prehistórico acorazado con la boca abierta y placas dentales afiladas

Los primeros dientes de la historia parecían armas medievales (y aún explican cómo es tu boca)

septiembre 26, 2026 1 comment Article Curiosidades

Hace unos 400 millones de años, unos peces acorazados estrenaron algo que hoy usas cada vez que comes: una mandíbula con dientes. Un nuevo estudio ha reconstruido cómo mordían… y la respuesta dice mucho de por qué nuestros dientes tienen la forma que tienen.

Niño sonriente mirando en un museo la reconstrucción de un pez prehistórico acorazado con la boca abierta y placas dentales afiladas

Antes de los dientes, el mundo se comía sorbiendo

Cuesta imaginarlo, pero durante buena parte de la historia de la vida en la Tierra ningún animal con columna vertebral tenía dientes ni mandíbula. Los primeros vertebrados eran peces sin mandíbulas que se alimentaban filtrando o succionando lo que encontraban en el fondo del mar. Morder, triturar o desgarrar era, sencillamente, imposible.

Eso cambió con los placodermos, un grupo de peces cubiertos de placas óseas —como si llevaran una armadura— que vivieron durante el periodo Devónico. Fueron los primeros vertebrados en desarrollar mandíbulas y dientes, hace más de 400 millones de años. Dicho de otra forma: son, en cierto modo, los pioneros de una «herramienta» que millones de especies, incluida la nuestra, han heredado y perfeccionado después.

Lo que hasta ahora no estaba tan claro era cómo usaban exactamente esas primeras mandíbulas. ¿Todos mordían igual? ¿Había un diseño «ganador»? Un equipo de la Universidad Flinders (Australia), liderado por los investigadores Rex Mitchell y Alice Clement, ha intentado responder a esa pregunta en un estudio publicado este mes de septiembre en la revista Scientific Reports.

Un laboratorio virtual para morder como hace 385 millones de años

Los investigadores no podían, claro, observar a estos peces en acción. Así que hicieron lo siguiente mejor: estudiaron los fósiles de las mandíbulas de ocho especies de placodermos de hace unos 385 millones de años, procedentes de un antiguo arrecife que ocupaba lo que hoy es el noroeste de Australia.

Con modelos en tres dimensiones y una técnica de ingeniería llamada análisis de elementos finitos —la misma que se usa para comprobar cómo resiste un puente o la pieza de un coche—, simularon por ordenador cómo respondía cada mandíbula a las fuerzas de la mordida. Así pudieron ver qué partes soportaban más tensión y para qué tipo de alimento estaba «diseñada» cada boca.

El resultado fue sorprendente:

• Las especies pequeñas tenían placas anchas y planas, perfectas para triturar. Se tragaban presas acorazadas enteras y las machacaban.

• Las especies grandes, en cambio, desarrollaron dientes perforantes, capaces de romper presas de caparazón duro demasiado grandes para engullirlas de una vez.

• Las más grandes de todas tenían dientes dispuestos sobre crestas de hueso elevadas que, según los propios investigadores, recuerdan a las armas medievales pensadas para atravesar armaduras.

Y un detalle curioso: los dos grupos tenían mandíbulas igual de fuertes. La diferencia no estaba en la potencia, sino en la forma. Los científicos esperaban encontrar lo típico —que los animales que comen cosas duras tengan superficies más anchas y planas—, pero no fue exactamente así. La evolución no llegó a un único modelo de mandíbula perfecta: cada especie adaptó sus dientes al tamaño y al tipo de presa que comía.

De la armadura del Devónico a tu sonrisa

Aunque nos separen cientos de millones de años de aquellos peces, la lección que dejan es muy actual: la forma de un diente depende de su función. Y eso se ve perfectamente en tu propia boca.

Los humanos adultos tenemos 32 dientes (contando las muelas del juicio) y no son todos iguales, porque no hacen todos lo mismo:

• Incisivos: los ocho dientes delanteros, finos y afilados, sirven para cortar, como cuando das un mordisco a una manzana.

• Caninos: los «colmillos», más puntiagudos, están pensados para sujetar y desgarrar alimentos más firmes.

• Premolares y molares: anchos y con relieves, son nuestras «placas trituradoras». Muelen y machacan la comida para que la digestión empiece bien.

Somos, por tanto, una especie con una dentadura «mixta»: combinamos en una misma boca las estrategias que aquellos placodermos repartían entre especies distintas. Cortamos, desgarramos y trituramos, porque nuestra dieta es variadísima.

Lo que un fósil nos recuerda sobre el cuidado diario

Hay otra idea interesante detrás de este estudio: la mandíbula y los dientes son una máquina de precisión, donde cada pieza tiene su papel y soporta fuerzas enormes. En el caso humano, al masticar alimentos duros las muelas pueden recibir decenas de kilos de presión en cada mordida. Por eso, cuando perdemos un diente o uno se deteriora, el resto de la boca lo nota: otras piezas trabajan de más, la mordida se descompensa y la masticación se vuelve menos eficaz.

Los placodermos, lógicamente, no tenían forma de cuidar sus dientes. Nosotros sí, y además solo tenemos una dentición definitiva para toda la vida adulta. No se renueva como la de un tiburón, así que cada pieza cuenta.

Tu boca, una herencia de 400 millones de años

La próxima vez que te cepilles los dientes, piensa en esto: estás cuidando una herramienta cuyo «prototipo» apareció en el fondo del mar hace más de 400 millones de años y que la evolución ha ido afinando hasta llegar a ti. Algunas ideas prácticas para tratarla como se merece:

• Cepíllate dos veces al día durante dos minutos, prestando atención a las muelas del fondo: son las que más trabajan triturando y las que más restos acumulan en sus surcos.

• Limpia también entre los dientes a diario con hilo dental o cepillos interdentales. Donde se tocan dos piezas, el cepillo no llega.

• No uses los dientes como herramienta: abrir botellas, cortar bridas o romper cáscaras muy duras puede fisurar el esmalte. Nuestros dientes no son armas medievales.

• Si aprietas o rechinas los dientes, coméntalo con tu dentista o higienista: esas fuerzas sostenidas desgastan poco a poco una estructura que no se regenera.

• Revisa tu boca periódicamente con un profesional, aunque no te duela nada. Detectar a tiempo una caries o un problema de encías es la mejor forma de conservar todas las piezas de tu «equipo».

Al final, la historia de aquellos peces acorazados nos deja una reflexión sencilla: cada diente está donde está, y tiene la forma que tiene, por una razón. Cuidarlos todos —también los que no se ven al sonreír— es la mejor manera de que tu boca siga funcionando como la máquina perfecta que la evolución tardó cientos de millones de años en construir.

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Tags: curiosidades dentales, evolución, fósiles, placodermos, tipos de dientes

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