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Ilustración en acuarela de Baba Yagá sonriente dentro de un gran mortero de madera junto a una niña con una cesta y una casita sobre patas de gallina en un bosque con luciérnagas

Baba Yagá y la sonrisa de hierro

septiembre 26, 2026 0 comments Article Curiosidades

Había una vez, en un bosque tan grande que ni los pájaros llegaban a conocerlo entero, una niña llamada Marushka que se entretuvo tanto recogiendo moras que, cuando quiso darse cuenta, ya no sabía por dónde volver a casa.

Ilustración en acuarela de Baba Yagá sonriente dentro de un gran mortero de madera junto a una niña con una cesta y una casita sobre patas de gallina en un bosque con luciérnagas

El sol empezaba a esconderse entre los árboles cuando escuchó un ruido rarísimo: clac, clac, clac. No era un pájaro picoteando, ni una rama al partirse. Sonaba como si alguien masticara piedrecitas. Marushka se asomó entre los arbustos y se quedó con la boca abierta: allí, en medio de un claro, había una casita que caminaba sola, ¡sobre dos patas de gallina enormes! Giraba despacito, como si buscara algo, y de dentro salía aquel sonido: clac, clac, clac.

—Casita, casita —dijo Marushka, con un hilo de voz—, gírate con la puerta hacia mí, por favor.

La casa se detuvo. Lentamente, como si le diera pereza, giró sobre sus patas hasta dejar la puerta mirando a la niña. Y de dentro salió una anciana altísima, con el pelo blanco y despeinado, montada en un enorme mortero de cocina que usaba como si fuera una barca, remando por el aire con una maja de madera. Era Baba Yagá.

Cuando la anciana sonrió, a Marushka casi se le escapa un grito: en vez de dientes normales, Baba Yagá tenía la boca llena de dientes de hierro, brillantes y afilados, que sonaban clac, clac, clac cada vez que hablaba.

—Vaya, vaya —dijo Baba Yagá, olisqueando el aire—. Una niña perdida en mi bosque. ¿Y qué se supone que voy a hacer contigo?

Marushka temblaba, pero recordó algo que le había dicho su abuela: «Ante lo que da miedo, la mejor magia es la buena educación.» Así que hizo una reverencia y contestó con voz clara:

—Buenas tardes, señora Baba Yagá. Perdone que la moleste. Me he perdido buscando moras y no encuentro el camino a casa. ¿Sería tan amable de ayudarme?

Baba Yagá se quedó tan sorprendida que sus dientes de hierro dejaron de sonar por un momento. No estaba acostumbrada a que nadie le hablara con tanta amabilidad, y mucho menos alguien tan pequeño.

—Nadie me llama «señora» desde hace cien años —refunfuñó, aunque a Marushka le pareció ver una sonrisa escondida entre tanto hierro—. Está bien. Te ayudaré. Pero antes tendrás que hacerme un favor: mi casa lleva días girando de un lado a otro porque no encuentra su sitio. ¿Serías capaz de decirle, con cariño, hacia dónde tiene que mirar?

Marushka, aunque no entendía muy bien cómo se le habla a una casa, se acercó despacio y apoyó la mano en la madera vieja de la puerta.

—Casita —dijo con dulzura—, sé que estás cansada de dar vueltas. Mira hacia donde sale el sol cada mañana. Allí encontrarás calma.

La casa tembló, como si suspirara, y giró despacio hasta quedar mirando al amanecer. Se quedó quieta por primera vez en mucho tiempo.

Baba Yagá aplaudió, y sus dientes de hierro brillaron con la última luz de la tarde.

—Has sido valiente y has sido amable, que es mucho más difícil —dijo—. Por eso, te voy a enseñar el camino más corto a tu aldea.

Chasqueó los dedos y, entre los árboles, se iluminó un sendero de luciérnagas que serpenteaba justo hasta la puerta de la casa de Marushka.

—Antes de irte —añadió la anciana—, quiero decirte un secreto. ¿Sabes por qué mis dientes son de hierro y nunca se rompen? Porque cada noche, sin falta, los froto bien despacito, uno por uno, hasta dejarlos brillantes. Hasta una bruja del bosque tiene que cuidar su sonrisa si quiere que le dure mil años.

Marushka sonrió, enseñando sus propios dientecitos blancos, y prometió que ella también cuidaría los suyos cada noche, aunque fueran de verdad y no de hierro.

Y así, siguiendo el caminito de luciérnagas, volvió a casa sana y salva, pensando que a veces lo que más miedo da al principio, si se trata con respeto y buenas palabras, termina regalándonos la mejor de las lecciones.

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Tags: Baba Yagá, cepillado infantil, cuentos infantiles, leyendas

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