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Ilustración de un diente fosilizado de Tyrannosaurus rex con detalles de su esmalte, junto a un termómetro simbólico representando el estudio de temperatura corporal

El diente de un T. rex que reveló si tenía sangre caliente (y por qué un fósil puede guardar ese secreto)

septiembre 18, 2026 0 comments Article Curiosidades

Un tiranosaurio lleva 66 millones de años muerto, pero uno de sus dientes acaba de contar algo que nadie sabía con certeza: si por sus venas corría sangre fría, como la de un lagarto, o algo mucho más parecido a la nuestra. Un equipo de la Universidad de California en Los Ángeles ha usado el esmalte de un fósil para calcular, con una precisión sorprendente, la temperatura corporal de uno de los depredadores más temidos de la historia.

Ilustración de un diente fosilizado de Tyrannosaurus rex con detalles de su esmalte, junto a un termómetro simbólico representando el estudio de temperatura corporal

Un termómetro escondido en el esmalte

La pregunta de si los dinosaurios eran de sangre fría (como los reptiles actuales) o de sangre caliente (como los mamíferos y las aves) lleva décadas dividiendo a los paleontólogos. El problema es evidente: no hay forma de tomarle la temperatura a un animal que se extinguió hace millones de años. O eso se pensaba.

El equipo liderado por los investigadores Robert Eagle y Alessandro Chiarenza, publicado en septiembre de 2026 en la revista Science Advances, ha recurrido a un truco que combina química y paleontología. Cuando un diente se forma, los átomos de carbono y oxígeno de su esmalte se organizan en enlaces cuya proporción depende directamente de la temperatura a la que ese tejido se creó: cuanto más frío hace, más se agrupan ciertos isótopos entre sí; cuanto más calor, menos. Ese patrón queda congelado en la estructura mineral del esmalte para siempre, como una fecha grabada en piedra.

Para leer ese «termómetro fósil» solo hace falta una muestra minúscula: los investigadores perforaron una pequeña cantidad de esmalte de dos dientes pertenecientes a «Thomas», un esqueleto de T. rex conservado en el Museo de Historia Natural del Condado de Los Ángeles, la disolvieron en ácido y analizaron el resultado con un espectrómetro de masas, un aparato capaz de identificar y contar átomos individuales según su peso.

Un depredador con fiebre moderada, ni frío ni caliente del todo

El resultado fue una cifra muy concreta: unos 36 grados centígrados, prácticamente la misma temperatura corporal que tenemos las personas. Ese dato coloca al T. rex justo en un punto intermedio entre los reptiles actuales, que rondan los 28-30 grados y dependen del sol para regular su calor, y las aves modernas, que mantienen un metabolismo mucho más acelerado, de entre 40 y 43 grados.

¿Qué significa esto? Que el tiranosaurio probablemente no era un reptil gigante de sangre fría esperando pasivamente a que pasara una presa, ni tampoco una máquina de metabolismo desbocado como un colibrí. Es más plausible que generara buena parte de su propio calor internamente, igual que los mamíferos, pero sin llegar a los extremos energéticos de las aves. Un término intermedio que los científicos llaman a veces «mesotermia», y que encaja con la imagen de un cazador activo, capaz de mantener carreras y persecuciones sostenidas sin quedarse sin energía.

Es un hallazgo que también ayuda a entender mejor la propia historia evolutiva de las aves: si sabemos dónde estaban situados térmicamente sus antepasados dinosaurios, podemos trazar con más precisión cómo y cuándo apareció el metabolismo acelerado que hoy caracteriza a un gorrión o a un águila.

Lo que un diente puede contar, mucho después de que su dueño desaparezca

Lo más llamativo de este estudio no es solo la cifra en sí, sino el mensaje de fondo: un simple diente, bien conservado, puede seguir «hablando» sobre su dueño mucho después de que ese dueño haya desaparecido. No hace falta tejido blando, ni ADN, ni nada que se descomponga con el tiempo: el esmalte dental es uno de los materiales biológicos más duros y estables que existen, capaz de sobrevivir prácticamente intacto durante decenas de millones de años y de seguir guardando información química precisa sobre el cuerpo que lo formó.

Esa misma propiedad es la que hace que el esmalte también sea, en la vida cotidiana de cualquier persona, un material tan valioso como difícil de recuperar una vez se pierde. A diferencia de otros tejidos del cuerpo, el esmalte no se regenera: el diente que tenemos hoy, con sus capas microscópicas formadas durante la infancia, es el mismo que tendremos dentro de treinta o cuarenta años, para bien y para mal. Cada desgaste, cada erosión por ácidos, cada grieta, se queda ahí de forma permanente, exactamente igual que esa marca térmica que ha durado 66 millones de años en el diente de un tiranosaurio.

Una reflexión práctica: cuidar lo que no se puede rehacer

Pensar en un fósil que ha conservado información intacta durante tanto tiempo invita a mirar con otros ojos algo tan cotidiano como el propio esmalte dental. No hace falta ser paleontólogo para aplicar la lección: si ese tejido no se regenera, la mejor estrategia no es corregir el daño después, sino evitar que se acumule desde el principio. Reducir el contacto frecuente con bebidas muy ácidas o azucaradas, no cepillarse justo después de comer algo ácido (conviene esperar unos 30 minutos, para dar tiempo a que la saliva neutralice el ambiente de la boca) y mantener una limpieza diaria constante son gestos pequeños que, sumados durante años, marcan una diferencia tan duradera como la que ha permitido que un diente prehistórico llegue hasta nuestros días.

El T. rex de este estudio no podía elegir cómo cuidar su esmalte. Nosotros sí. Y, curiosamente, ese esmalte que tan bien ha sabido guardar secretos durante millones de años es el mismo tipo de tejido que merece que le prestemos un poco más de atención cada día.

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Tags: curiosidades, dinosaurios, esmalte dental, paleontología, T. rex

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