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Ilustración de Maritxu, una pequeña hada de vestido gris, entre las tejas rojas de un tejado bajo la luna, con un diente de leche brillante en las manos.

Maritxu, la hada que vivía en el tejado

septiembre 13, 2026 0 comments Article Curiosidades

Había una vez un pueblecito del norte, entre montañas verdes y mar cercano, donde pasaba algo muy curioso: cuando a un niño o una niña se le movía un diente y por fin se le caía, nadie lo guardaba debajo de la almohada.

Ilustración de Maritxu, una pequeña hada de vestido gris, entre las tejas rojas de un tejado bajo la luna, con un diente de leche brillante en las manos.

—¡Al tejado, al tejado! —decían los abuelos, sonriendo.

Porque allí arriba, entre las tejas rojas y musgosas de las casas, vivía Maritxu Teilatuko, que quiere decir algo así como «Maritxu, la del tejado». Era una hada pequeñita, de manos suaves y ojos color avellana, que llevaba un vestido hecho de retales de nube gris, para pasar desapercibida entre las chimeneas. Nadie la había visto nunca de día. De día dormía enroscada como un gato, calentita, justo debajo de una teja algo levantada que solo ella sabía encontrar.

Cuando un niño perdía un diente, tenía que hacer tres cosas, ni una más ni una menos: lavarse muy bien la boquita, subirse (con ayuda de una persona mayor, claro) a la parte más alta de la casa a la que pudiera llegar, y cantar una cancioncita bajita, casi un susurro, para que solo Maritxu pudiera oírla.

Aquella noche le tocaba a Ane. Se le había caído el diente esa misma tarde, jugando en el patio del cole, y llevaba toda la tarde con la lengua metida en el hueco nuevo, notando ese cosquilleo raro que deja un diente cuando se va.

Su aitá la subió en brazos hasta la ventana más alta de la casa, esa desde la que se veían los tejados de todo el pueblo, unos pegados a otros como si fueran piezas de un rompecabezas. Ane dejó su diente en el borde de la ventana, muy cerquita del alero, y cantó su cancioncita:

Maritxu, Maritxu, teilatuko, hartu nire hagina, ta utzi bertoko.

Que quiere decir, más o menos: «Maritxu, Maritxu, la del tejado, toma mi diente y deja el tuyo a cambio».

Y entonces Ane cerró los ojos, como le habían enseñado, y esperó.

Cuentan quienes de verdad han visto a Maritxu (que son pocos, y todos ellos niños) que en cuanto una casa queda en silencio, ella sale de su escondite bajo la teja, se sacude el polvo de estrellas de su vestido de nube y camina de puntillas, tejado tras tejado, saltando de chimenea en chimenea, siguiendo el sonido de las cancioncitas que la llaman esa noche. Recoge cada diente con muchísimo cuidado, como si fuera un tesoro diminuto, y en su lugar deja siempre algo bonito: una moneda brillante, una canica de colores, o a veces solo un caramelo envuelto en papel dorado.

A la mañana siguiente, Ane encontró justo eso: una moneda pequeña y reluciente, calentita todavía, como si Maritxu acabara de dejarla hacía un instante.

—¿Y qué hace ella con tantos dientes? —le preguntó Ane a su amona mientras desayunaban.

—Ah, eso es lo más bonito de todo —respondió la amona, sirviéndole leche caliente—. Dicen que Maritxu los pule uno a uno hasta dejarlos brillantes como botoncitos de nácar, y luego los va colocando con mucho cuidado entre las tejas de las casas del pueblo, como si fueran amuletos diminutos. Por eso, cuando sopla el viento fuerte de la sierra, a veces se oye un «tlin, tlin» suave viniendo del tejado: son los dientes de todos los niños del pueblo, chocando bajito entre sí, cuidando la casa mientras todos duermen.

Desde ese día, cada vez que Ane oía ese sonido en las noches de viento, sonreía por dentro, sabiendo que su diente estaba ahí arriba, formando parte de esa música tan especial.

Lo más curioso de todo es que Maritxu no está sola en su trabajo. Un poco más al oeste, en las montañas de Cantabria, vive una prima suya llamada L’esquilu de los dientis: una ardillita mágica, de cola espesa y ojos vivarachos, que hace exactamente lo mismo pero a su manera, escondiendo los dientes en huecos de los árboles en lugar de tejados. Así que, si alguna vez vas de vacaciones a esas montañas y se te cae un diente allí, no busques debajo de la almohada: pregunta a los mayores del pueblo cómo llamar a la ardilla, ¡seguro que ellos lo saben!

Así que ya sabéis, si algún día perdéis un diente en tierras del norte, subid hasta el tejado más cercano, cantad bajito vuestra cancioncita, y confiad: alguien pequeñito y bondadoso, con vestido de nube o con cola de ardilla, estará esperando para cuidar de vuestro diente y dejaros un regalito a cambio.

Y hasta entonces, mientras esperáis a que se os mueva el primero, lo importante es cuidar bien esos dientes de leche: lavarlos cada noche antes de dormir, despacito y sin prisa, para que cuando les toque subir al tejado, suban tan brillantes y sanos como se merecen, listos para hacer bonito entre las tejas.

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Tags: cultura vasca, diente de leche, leyendas infantiles, Maritxu, Ratoncito Pérez

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