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Ilustración de un dragón marino gigante junto a varias lunas doradas brillando sobre el mar en un cielo nocturno

El dragón que quería comerse todas las lunas

septiembre 9, 2026 1 comment Article Curiosidades

Había una vez, hace muchísimo tiempo, un cielo distinto al que tú ves cada noche. En vez de una sola luna, brillaban siete lunas juntas, redondas y doradas como siete monedas de miel flotando sobre el mar. Los niños y niñas de aquellas islas jugaban de noche igual que de día, porque con siete lunas nunca hacía falta encender ni una vela.

Ilustración de un dragón marino gigante junto a varias lunas doradas brillando sobre el mar en un cielo nocturno

Pero en el fondo del océano, enroscado entre las rocas más profundas, vivía un dragón enorme llamado Bakunawa. Tenía el cuerpo largo como un río y una boca tan grande que, si la abría del todo, cabía dentro una barca entera. Y Bakunawa, cada noche, se quedaba mirando hacia arriba, hacia esas siete lunas tan brillantes y tan redondas, y sentía un hormigueo de envidia en la punta de la cola.

—Quiero guardármelas todas para mí —pensaba—. Son demasiado bonitas para compartirlas con nadie.

Así que, una noche, salió del fondo del mar dando un coletazo tremendo, subió hasta el cielo y, ñam, se tragó la primera luna entera. Al día siguiente, la gente miró hacia arriba y solo contó seis lunas. Nadie entendía qué había pasado. Pero Bakunawa, satisfecho, volvió a esconderse en el fondo del mar a esperar la noche siguiente.

Y así, luna tras luna, ñam, ñam, ñam, fue vaciando el cielo. Cinco lunas. Cuatro. Tres. Dos. Cada mañana quedaban menos, y las noches se iban quedando cada vez más oscuras y silenciosas.

Hasta que llegó la noche de la última luna.

Bakunawa subió desde el fondo del mar, más hambriento y más decidido que nunca, y abrió su boca enorme hacia el cielo. Pero esta vez, en el pueblo, un abuelo muy sabio que llevaba noches contando lunas se dio cuenta de lo que estaba a punto de pasar.

—¡Rápido! —gritó a todo el pueblo—. ¡Si se come también esta luna, no volveremos a tener luz por las noches jamás! ¡Hay que asustarlo!

Y entonces ocurrió algo maravilloso. Todo el pueblo, niños, mayores, abuelas y abuelos, corrió hacia la orilla del mar cargando lo primero que encontró: ollas, sartenes, tambores, cucharones de madera. Y empezaron a golpearlo todo con todas sus fuerzas.

¡Pum, pum, pum! ¡Clanc, clanc, clanc!

El ruido subió hasta el cielo, tan fuerte y tan valiente, que Bakunawa, justo cuando tenía la última luna entre los dientes, se llevó un susto tremendo. Nunca había oído un estruendo semejante viniendo de un pueblo tan pequeño. Abrió la boca sorprendido y, sin querer, dejó escapar la luna, que subió flotando de nuevo hasta lo más alto del cielo, brillando más que nunca, como si también ella estuviera aliviada.

Bakunawa se hundió avergonzado en las profundidades del mar, y desde entonces no ha vuelto a intentar comerse ninguna luna más… aunque, de vez en cuando, todavía asoma un poquito la cabeza para mirarla con nostalgia. Y en esas noches especiales en las que la luna se oscurece un momentito y luego vuelve a brillar, en algunos pueblos de las islas todavía se acuerdan de aquella historia, y golpean cacerolas por si acaso, sonriendo, sabiendo que el ruido y la unión de todos siempre consiguen espantar hasta al dragón más goloso.

Y ¿sabes una cosa? Aquel abuelo tan sabio, cuando por fin todos volvieron a casa esa noche, les contó a los niños del pueblo algo muy bonito antes de dormir:

—Bakunawa quería guardarse las lunas solo para él, a mordiscos, sin compartirlas con nadie. Pero lo que de verdad brilla, como una sonrisa bonita o como una luna llena, no es para guardárselo escondido y a escondidas: es para cuidarlo cada día, un poquito, para que siga brillando siempre. Por eso, antes de dormir, lavaos bien los dientes y sonreíd a la luna: así, entre todos, seguirá teniendo motivos para quedarse en el cielo cada noche.

Y esa noche, en todo el pueblo, no hubo ni un solo niño que se fuera a la cama sin haberse cepillado los dientes primero, mirando por la ventana cómo brillaba, tranquila y a salvo, la única luna que le quedaba al cielo.

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Tags: cepillado de dientes, cuento infantil, leyendas, rutina antes de dormir, salud dental niños

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