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Ilustración infantil de una mantícora roja con cuerpo de león, alas y cara humana sonriendo en un bosque persa

La mantícora y sus tres sonrisas

agosto 22, 2026 1 comment Article Curiosidades

Había una vez, muy lejos de aquí, en unos bosques antiguos de Persia, una criatura tan sorprendente que nadie se atrevía a acercarse a ella. Tenía el cuerpo de un león, pero de color rojo como una manzana madura. Su cara se parecía un poquito a la de una persona, con ojos grandes y curiosos. Y de la espalda le salían dos alas, como las de un murciélago gigante. Se llamaba mantícora.

Ilustración infantil de una mantícora roja con cuerpo de león, alas y cara humana sonriendo en un bosque persa

Pero lo más asombroso de todo estaba dentro de su boca. Porque cuando la mantícora sonreía, no enseñaba una fila de dientes, como tú o como yo. Enseñaba tres filas enteras, una detrás de otra, afiladas como las de un tiburón. ¡Tres!

El problema era que, cada vez que la mantícora sonreía para saludar a alguien, ocurría siempre lo mismo.

—¡Un monstruo con mil dientes! —gritaban las ardillas, y salían corriendo entre los árboles.

—¡Que nos va a comer enteros! —chillaban los conejos, escondiéndose en sus madrigueras.

Hasta los pájaros dejaban de cantar y volaban lejísimos en cuanto la veían acercarse. Y eso que la mantícora no quería comerse a nadie. Solo quería un amigo con quien jugar al atardecer, o alguien con quien compartir las moras que crecían junto al río. Pero cada sonrisa suya, con sus tres filas relucientes, asustaba a todo el bosque.

Así que la mantícora dejó de sonreír. Se pasaba los días sola, sentada en lo alto de una colina, mirando cómo los demás animales jugaban juntos allá abajo, sin ella.

Una tarde, mientras suspiraba mirando las nubes, escuchó una vocecita muy bajita.

—¿Por qué estás tan triste?

Era una niña pequeña llamada Roxana, que se había perdido buscando higos y había llegado hasta la colina sin darse cuenta de a quién tenía delante. Cuando por fin miró bien, dio un saltito hacia atrás, pero no salió corriendo. Se quedó mirando aquella cara casi humana, con los ojos tan tristes.

—Todos huyen de mí en cuanto sonrío —confesó la mantícora, con la voz temblorosa—. Dicen que doy miedo.

—A ver, enséñame —dijo Roxana, muy despacito, agarrándose fuerte a la rama de un árbol por si acaso.

La mantícora abrió la boca del todo, mostrando sus tres filas de dientes puntiagudos, tan grande como pudo. Roxana dio otro saltito, del susto. Pero enseguida se fijó en algo: aquellos ojos, detrás de tantos dientes, seguían siendo los mismos ojos tristes y amables de antes.

—Creo que el problema no son tus dientes —dijo la niña, pensativa—. Es que sonríes como si quisieras asustar, en vez de sonreír como si quisieras decir «hola».

—¿Y eso se puede hacer distinto? —preguntó la mantícora, sorprendida.

—Claro. Mira cómo sonrío yo.

Roxana sonrió despacito, con los labios casi cerrados al principio, y luego un poquito más, hasta enseñar solo un trocito de sus propios dientes, pequeños y blancos. Nada de abrir la boca entera de golpe.

La mantícora lo intentó. Al principio le costaba, porque estaba acostumbrada a enseñarlo todo de una vez. Pero fue practicando: primero una sonrisa pequeñita, con la boca casi cerrada, después un poquito más grande, y solo al final, cuando ya se sentía cómoda con alguien, dejaba ver sus tres filas enteras, como quien enseña un tesoro muy especial solo a los amigos de confianza.

Al día siguiente, probó su nueva sonrisa con las ardillas. Y funcionó: la fueron mirando poco a poco, sin salir corriendo. Con el tiempo, los conejos se acercaron también, y hasta los pájaros volvieron a cantar cerca de ella. Descubrieron que, detrás de tantos dientes, había una amiga estupenda con quien compartir moras junto al río.

Nosotros no tenemos tres filas de dientes afiladísimos como la mantícora, sino solo una, bastante más pequeña. Pero, igual que ella, para que nuestra sonrisa nos ayude a hacer amigos en vez de asustar a nadie, hay que cuidarla: lavándola cada día, con calma, sin prisa, para que esté siempre sana, blanca y lista para saludar al mundo.

Y así, en aquel bosque persa tan lejano, la mantícora aprendió que no hacía falta esconder los dientes por dar miedo. Solo hacía falta aprender a sonreír con ellos.

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Tags: cuentos infantiles, higiene dental infantil, mantícora, mitología, sonrisa

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