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Ilustración infantil del dios egipcio Bes, bajito y sonriente, mostrando los dientes junto a la cuna de un bebé para espantar las sombras nocturnas

Bes, el guardián de las sonrisas traviesas

agosto 20, 2026 0 comments Article Curiosidades

Había una vez, hace muchísimos años, en la tierra de Egipto, un dios muy distinto a todos los demás.

Ilustración infantil del dios egipcio Bes, bajito y sonriente, mostrando los dientes junto a la cuna de un bebé para espantar las sombras nocturnas

Los demás dioses eran altos, serios y elegantes. Caminaban de perfil, como si estuvieran posando para un dibujo, y casi nunca sonreían. Pero Bes no. Bes era bajito, con una barriga redonda como un tambor, una barba rizada y unas piernas cortas y fuertes. Y en vez de mirar de lado como los demás, Bes miraba siempre de frente, directo a los ojos, con una sonrisa enorme que dejaba ver todos sus dientes.

A muchos, la primera vez que lo veían, les daba un poco de susto. Sacaba la lengua, arrugaba la nariz y ponía la cara más graciosa y feroz que se pueda imaginar. Parecía un monstruito. Pero quienes lo conocían de verdad sabían un secreto: Bes no daba miedo a nadie bueno. Bes era, en realidad, el protector más cariñoso de todo Egipto.

Su trabajo favorito era cuidar a los bebés recién nacidos.

Cada noche, cuando una familia egipcia acostaba a su bebé en la cuna, colocaba junto a él una pequeña figura de Bes, con su sonrisa de dientes bien abiertos y su lengua fuera. Y es que, contaban los abuelos, cuando caía la noche, unos duendecillos traviesos y unas sombras asustadizas merodeaban por las casas buscando cunas donde colarse y llenar de pesadillas los sueños de los más pequeños.

Pero justo cuando una de esas sombras se acercaba de puntillas a una cuna, algo la detenía en seco.

Allí, plantado como un pequeño guardián, estaba Bes. Sacaba la lengua todo lo que podía, enseñaba sus dientes redonditos y ponía la cara más disparatada de todo el reino. Movía los brazos, daba un pequeño saltito y, si hacía falta, hasta soltaba una carcajada tan fuerte que retumbaba en las paredes.

—¡Buh! —parecía decir—. ¿Creías que ibas a asustar a este bebé? ¡Aquí el único que hace caras raras soy yo!

Y las sombras, que solo sabían asustar y no sabían reírse, no entendían nada. Se quedaban un momento paradas, confundidas por aquel dios tan extraño que en vez de pelear con espadas y escudos, luchaba con muecas y sonrisas. Y como no soportaban la risa ni la alegría, terminaban dándose la vuelta y se marchaban por donde habían venido, dejando la cuna tranquila hasta la mañana siguiente.

Lo más bonito de Bes era que no hacía falta ser un rey ni vivir en un palacio para tener su protección. Su figurita se encontraba en las casas de los faraones, sí, pero también en las casas más sencillas, junto al río, donde vivían familias de pescadores y agricultores. A Bes no le importaba si eras rico o pobre: él cuidaba a todos los bebés por igual, con la misma sonrisa traviesa y los mismos dientes bien enseñados.

Con el tiempo, las familias egipcias empezaron a contarles esta historia a sus hijos cada noche, justo antes de dormir:

—No tengas miedo de las sombras —les decían—. Bes está despierto, cuidando tu sueño, con su cara más graciosa puesta.

Y los niños, al escucharlo, sonreían también. Porque habían aprendido algo precioso: que a veces, la cara más divertida, la sonrisa más grande y los dientes más enseñados no sirven para asustar a nadie que quieras… sino todo lo contrario. Sirven para proteger, para hacer reír, y para decirle a quien más te importa que, pase lo que pase mientras duerme, tú vas a estar ahí, cuidándolo con la mejor de tus sonrisas.

Así que la próxima vez que te laves los dientes antes de dormir, piensa en Bes: un dios pequeñito, algo feúcho a primera vista, pero con el corazón y la sonrisa más grandes de todo Egipto.

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Tags: Bes, cuentos infantiles, higiene dental infantil, leyendas de dientes, mitología egipcia

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