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Ilustración de una niña con capa roja frente a la casita con patas de gallina de Baba Yagá, una anciana sonriente de pelo blanco, en un bosque nocturno.

Baba Yagá y los dientes de hierro

agosto 12, 2026 2 comments Article Curiosidades

Había una vez, en lo más profundo de un bosque de abetos altísimos, una niña llamada Olga que se entretuvo tanto recogiendo moras que, cuando quiso darse cuenta, ya no sabía por dónde había venido. El sol empezaba a esconderse, los árboles se apretaban unos contra otros como si quisieran contarse secretos, y Olga sintió ese cosquilleo en la barriga que se siente cuando uno está un poquito perdido.

Ilustración de una niña con capa roja frente a la casita con patas de gallina de Baba Yagá, una anciana sonriente de pelo blanco, en un bosque nocturno.

Caminó y caminó, hasta que entre dos pinos vio algo que la dejó boquiabierta: una casita de madera, con tejado de paja… ¡que caminaba! Sí, como lo oyes: la casita se sostenía sobre dos enormes patas de gallina, amarillas y escamosas, que la hacían girar despacito sobre sí misma, como si bailara. Las ventanas parecían dos ojos curiosos, y la puerta, con su pequeño escalón, parecía sonreír como una boca.

—¡Casita, casita! —dijo Olga, recordando algo que le había contado su abuela—. Gírate con la puerta hacia mí y la espalda hacia el bosque.

Y para su sorpresa, la casa obedeció. Giró despacio hasta dejar la puerta justo delante de ella. Olga tragó saliva y llamó con los nudillos.

La puerta se abrió sola, con un crujido, y allí apareció Baba Yagá: una anciana altísima, de nariz ganchuda y pelo blanco alborotado como una nube de tormenta. Pero lo que más llamaba la atención eran sus dientes: brillaban de un gris metálico, duros y relucientes. ¡Eran de hierro de verdad!

—¿Quién se atreve a llamar a mi puerta? —preguntó con una voz que sonaba como una puerta oxidada.

Olga, aunque temblaba un poco, se acordó de sus buenos modales.

—Buenas tardes, señora. Me llamo Olga y me he perdido en el bosque. ¿Podría ayudarme a encontrar el camino a casa, por favor?

Baba Yagá entornó los ojos, sorprendida. Hacía muchísimo tiempo que nadie le hablaba con tanta educación. Casi todos los que llegaban hasta su casa salían corriendo nada más ver sus dientes de hierro, o intentaban robarle algo, o le pedían cosas a gritos sin ni un solo «por favor».

—Vaya, vaya… —dijo la bruja, cruzándose de brazos—. Antes de ayudarte, quiero preguntarte una cosa: ¿no te dan miedo mis dientes?

Olga se lo pensó un momento, y respondió con sinceridad:

—Un poquito sí, al principio. Pero brillan tan bonito que también me dan curiosidad. ¿Por qué son de hierro?

A Baba Yagá se le escapó una risa, como el chirrido de una verja al abrirse.

—Porque así nunca tengo que preocuparme por ellos, pequeña. No se me pican, no se me rompen, no necesito cuidarlos jamás. Son fuertes como una armadura.

—Pero… —dijo Olga, ladeando la cabeza— ¿puede sonreír con ellos? Digo, ¿sonreír de verdad, de esas sonrisas que dan ganas de sonreír también?

La bruja se quedó callada. Lo pensó de verdad, por primera vez en muchísimos años. Sus dientes de hierro eran fortísimos, sí, pero fríos y duros, y cuando intentaba sonreír, más que una sonrisa parecía el gesto de una máquina.

—Tus dientes, en cambio —siguió Olga, sin darse cuenta de que estaba dando justo en el clavo—, aunque no son de hierro, mi mamá dice que si los cuido bien, cepillándolos cada noche, también pueden ser fuertes. Y además, puedo sonreír con ellos todo lo que quiera.

Baba Yagá se quedó mirando a aquella niña valiente y educada que se había atrevido a hablarle con el corazón en la mano. Y, como cuentan que a veces ocurre, decidió que se merecía su ayuda.

—Está bien, pequeña sabihonda —dijo, chasqueando los dedos—. Te daré un ovillo de hilo dorado. Suéltalo al andar y él solito te llevará hasta la salida del bosque.

Olga le dio las gracias con una gran sonrisa, de esas que enseñan todos los dientes, blancos y contentos. Y mientras seguía el hilo dorado entre los árboles, pensó que, aunque unos dientes de hierro nunca se estropean, los suyos tenían algo mucho mejor: si los cuidaba cada día, con su cepillo y con paciencia, podrían acompañarla toda la vida, brillando en cada sonrisa que quisiera regalar.

Y cuentan que, desde aquella tarde, cada vez que alguien educado y valiente se pierde en ese bosque, la casita con patas de gallina gira despacito para enseñarle el camino a casa.

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Tags: Baba Yagá, cepillado dental, cuento infantil, dientes fuertes, higiene dental niños

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