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Ilustración de las tres hermanas Grayas, ancianas de pelo gris, en una cueva oscura: una sostiene un ojo en la mano y otra un diente brillante, con el logo de Higienista en Casa en la esquina.

El secreto de las tres hermanas grises

agosto 11, 2026 0 comments Article Curiosidades

Había una vez, muy lejos, en una cueva junto a un mar oscuro y frío, tres hermanas ancianas de pelo gris que vivían todas juntas desde hacía cientos de años. Se llamaban las Grayas, primas de otros personajes curiosos de la mitología griega, como los guerreros de Cadmo y los guerreros que crecieron de la tierra, y tenían un secreto de lo más curioso: entre las tres solo tenían un ojo y un diente. Nada más. Un ojo para mirar y un diente para masticar, y los tres se los turnaban.

Ilustración de las tres hermanas Grayas, ancianas de pelo gris, en una cueva oscura: una sostiene un ojo en la mano y otra un diente brillante, con el logo de Higienista en Casa en la esquina.

—Hermana, dame el ojo, que quiero ver quién llama a la puerta —decía una.

—Espera, que ahora me toca comer a mí, pásame el diente —decía otra.

Y así, entre risas, refunfuños y algún que otro empujón, se los iban pasando de mano en mano, una y otra vez, todo el santo día. Cuando una de ellas tenía el ojo, las otras dos se quedaban a oscuras. Cuando una mordía con el diente, las otras dos se quedaban con la boca vacía, esperando su turno con hambre.

Una tarde de niebla, un joven llamado Perseo llegó caminando hasta la cueva. Perseo tenía una misión importantísima: debía encontrar el escondite secreto de un monstruo terrible, y solo las tres hermanas grises sabían dónde estaba. Pero cuando les pidió ayuda, las Grayas soltaron una carcajada que retumbó entre las rocas.

—¿Ayudarte? ¡Ja! Ese secreto no se lo damos a nadie —dijo una.

Perseo se sentó en una piedra, pensativo, y se quedó observando a las tres hermanas. Las vio pasarse el ojo de una mano a otra. Se lo pasaban tan rápido, tan acostumbradas a hacerlo, que apenas se fijaban en lo que hacían. Y entonces a Perseo se le ocurrió una idea traviesa.

Esperó, muy quietecito, escondido tras una roca, observando el vaivén de manos: el ojo iba, el diente venía, una hermana lo soltaba, otra estaba a punto de cogerlo… ¡Y justo en ese instante, cuando el ojo y el diente quedaron un segundo suspendidos en el aire, entre mano y mano, Perseo estiró el brazo y los atrapó los dos a la vez!

—¡Eh! ¿Quién anda ahí? ¡Devuélvenoslo! —gritaron las tres hermanas a la vez, agitando las manos en la oscuridad, porque ahora ninguna podía ver nada, y ninguna podía masticar nada.

—Os los devolveré encantado —dijo Perseo con voz tranquila— en cuanto me digáis el secreto que busco.

Las Grayas refunfuñaron, se quejaron, protestaron un buen rato… pero sin el ojo no podían ver ni un palmo, y sin el diente no podían ni merendar una manzana. Así que, resignadas, acabaron contándole a Perseo lo que necesitaba saber. En cuanto terminaron, el joven, fiel a su palabra, les devolvió el ojo y el diente, hizo una reverencia y se marchó a cumplir su misión.

Cuando ya se alejaba, una de las hermanas se llevó la mano a la boca, sintió otra vez su viejo diente en su sitio, y suspiró:

—¿Sabéis una cosa? Después de tantos siglos compartiéndolo… a veces se me olvida lo bonito que es tener tu propio diente, solo para ti, sin tener que esperar tu turno.

Y puede que tuviera razón. Porque tú, que tienes tus propios dientecitos —todos para ti solo, sin tener que compartirlos con nadie ni pasártelos de mano en mano— tienes algo muy valioso. Así que cuando por la noche te toque cepillarlos con cariño antes de dormir, piensa en las pobres Grayas, turnándose un diente solo entre las tres… ¡y da las gracias por tener una boca llena de dientes fuertes y brillantes, todos tuyos, listos para sonreír, aunque nunca lleguen a ser tan grandes como los de Fenrir y la boca más grande del mundo!

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Tags: cepillado de dientes, cuentos infantiles, higiene bucal, mitología griega, salud dental niños

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